jueves, 20 de mayo de 2010

Lucas Frascoli: pedaleando hacia la cima

BMX (Biciclo Motoxcross) nació en la ciudad norteamericana de California en 1969 cuando un joven, Scott Breithaupt, probó una experiencia nueva utilizando una bicicleta en una pista de Motocross, para intentar imitar lo que sus referentes en ese deporte hacían. Como lo sucedido tuvo aceptación, un fabricante comenzó a construir bicicletas similares a motos. Actualmente, se lleva a cabo con bicicletas pequeñas (rodado 20) que generalmente son más resistentes que las comunes. El principal objetivo es no caerse y realizar las pruebas más arriesgadas y llamativas. Para ello, hay un grupo de jueces (ex competidores o expertos en el tema) que juzgan al deportista.
En Argentina, el BMX va creciendo día a día con asombrante velocidad, ya que son los más jóvenes quienes se suman a practicarlo. Sin embargo, son potencias países como Estados Unidos o los europeos.
En Villa Gobernador Gálvez, es Lucas Frascoli quien desea aportar al crecimiento de la disciplina en la ciudad. Ya que con tan solo 24 años, decidió dedicar su vida a las bicicletas.
Desde los quince que se desempeña en el deporte. Empezó en 2001, gracias a un grupo de amigos que practicaban en unas rampas de maderas ubicadas en el colegio San José de Rosario. Así fue como le fue naciendo la vocación por realizar pruebas con la bicicleta. Como sus padres no le permitían ir a practicar a los galpones (frente a la Isla de los Inventos), se escapaba para ir hasta el lugar. Poco a poco, fue descubriendo el mundo del BMX hasta el día de hoy, que tiene junto a sus amigos de Rosario una asociación en la que organizan competencias y cobran entradas para ir manteniendo los gastos y rupturas de las distintas rampas. A lo largo de su corta trayectoria, ganó dos competencias, una en Santa Fe y otra en Reconquista. Hace poco tiempo, logró el cuarto puesto.
En Villa Gobernador Gálvez no existe ningún parque con circuito para quienes deseen entrenar o simplemente divertirse. Por tal motivo, Lucas presentó a las autoridades municipales un proyecto para construir uno. Lo único que le solicita es la sesión de algún espacio físico para llevar a cabo lo propuesto. El resto queda a cargo de las empresas rosarinas contactadas por el deportista que él mismo conoce gracias a la cantidad de competencias a las que se ha presentado no sólo en Rosario y sus alrededores, sino también a lo largo y ancho del país. Con el objetivo de concretar el sueño de un parque en la ciudad, logró juntar 150 firmas de chicos.
Para seguir ligado a lo que más ama, Frascoli tiene una fábrica hace cuatro años, donde arma los repuestos que necesita una bicicleta. La marca se llama «FAD». Está ubicada atrás de su casa y allí tiene todo lo necesario para armar cada una de las piezas que le solicitan los más de 150 clientes de todo el país. Es él quien realiza los diseños, trabaja en los tornos o en alguna otra máquina de todas las que tiene en el lugar. También colaboran tres chicos con toda la producción. Allí, realizan casi todos los procesos, salvo el de pintura, por una cuestión de espacio. Hasta crean ellos mismo las estampas con el símbolo de la marca (serigrafía).
No sólo es el espíritu emprendedor lo que tiene como una de sus principales virtudes este joven, sino que también cuenta con una increíble voluntad solidaria. El año pasado firmó el «Pacto Mundial». Y ahora, colabora con los chicos que asisten al Taller Protegido (que se encuentra frente a su casa), dándole mercadería para embalar o terminar. Además, resaltó que en su fábrica trabaja con productos netamente ecológicos para evitar dañar el planeta aun más.
Hace poco empezó a enviar sus productos a otros países, como Brasil. Próximamente lo hará también con Suecia. Todos esos contactos son conseguidos por amigos suyos que viven allí y practican el deporte. Además mantiene contacto con deportistas de varios países más que conoció en todas las competencias en las que se presentó. En su propio emprendimiento, tiene dos marcas: FAD y DAF. La primera de ellas es para los productos profesionales que les solicitan competidores ya experimentados. La segunda, es para quienes recién empiezan en la práctica.
Sus días están exclusivamente dedicados a su trabajo. Se levanta temprano para empezar con los pedidos y por la tarde va a repartirlos o a andar en «bici».
Para finalizar, Lucas quiso agradecer a su familia: Adriana (mamá), Alejandro (papá) y Virginia (hermana). Tampoco olvidó a su sponsor, que le otorga ropa «Sinner».
Lucas Frascoli: un joven emprendedor que a su corta edad, ya es ejemplo de solidaridad, trabajo y vocación.
Rocío Galán

Leandro Pacini, un talento con altura

«Yo hacía natación en el Club Talleres desde los 12 años. Cuando tenía 14 ya medía 1.80 metro. Un día estaba saliendo del club y el entrenador de básquet, que me vio alto, me corrió hasta la puerta y me invitó a jugar con los chicos un día para ver si me gustaba. Fui con un amigo que me acompañó y ahí empecé». Así fue como Leandro Jesús Pacini inició su camino en el básquet. Ya estaba cansado de estar solo en el agua y aceptó la invitación del entrenador para probar si le gustaba el básquet, y formar un grupo de amigos.
En Talleres permaneció hasta los 17 años, cuando pasó a Regatas de Rosario a jugar torneos más competitivos. Con la primera, un campeonato regional, y otro nacional con los juveniles. Tuvo buenas actuaciones en esos torneos, jugando la mayoría de los partidos con la primera y llegando a instancias de semifinales con los juveniles.
Gracias a sus buenas actuaciones y talento, Pacini llegó a jugar en la selección rosarina de cadetes consagrándose campeón santafesino con dicho equipo. También obtuvo el mismo título, pero con la selección juvenil rosarina.
No había completado un año en el club rosarino, cuando ya le llegó la posibilidad de probar suerte en Europa, más precisamente en Italia. Esa oportunidad surgió gracias a su representante, con quien tenía firmado un contrato de cinco años. Fue así que en 2005 partió a tierras extranjeras para intentar durante un año la adaptación deportiva y social. Antes de viajar, fue convocado para la selección juvenil de la provincia de Santa Fe, pero no pudo asistir porque ya tenía el viaje programado. Por suerte, para facilitar la convivencia, viajó con varios compañeros argentinos con quienes ganó el primer campeonato que jugaron.
Su primer destino fue Licata (C2) donde jugó la temporada 2005/2006. En 2007/2008, jugó en el mismo equipo pero en C1, ya que habían logrado el campeonato.
En 2007/2008, jugó en Costa Volpino (C1), de la ciudad de Vérgamo. Durante la mitad de 2009, se desempeñó en Monteverchi. Y por último, en la temporada que finalizó recientemente (2009/2010), militó en Arezzo, de la serie B de la liga italiana.
Allí vive junto a un compañero italiano. Un día normal de su vida consiste en levantarse a las nueve de la mañana e ir a entrenar hasta el mediodía, volver a su casa, cocinarse y dedicarse el resto de la tarde a descansar para retornar nuevamente al club para el entrenamiento vespertino a las 18. Los partidos se juegan los domingos, por lo que los sábados, que generalmente los tiene libre, se dedica a descansar o a salir con amigos para distraerse.
Ahora está de vacaciones en la ciudad esperando las negociaciones para jugar en otro club italiano o para continuar en el mismo. Aguarda por la respuesta de su representante, Jorge Rifatti, para decidir su futuro.
Con mucha simpleza y humildad, el joven jugador contó que pasó por momentos difíciles en Italia, pero que siempre pensó en quedarse porque recibió el apoyo de sus familiares y amigos. «Mi mamá era la que siempre me tranquilizaba cuando estaba mal», agregó. Gracias a las tecnologías del siglo que corre, se mantiene comunicado permanentemente con sus seres queridos.
Para finalizar, no quiso dejar de agradecerle el apoyo incondicional a su familia: Víctor Hugo y Andrea (papás), y Lucas, Luciano, Antonella, Giuliana y María Florencia (hermanos) y a todos sus amigos que siempre lo esperan contentos cada vez que retorna a la ciudad.
Un joven deportista que literalmente no tiene techo.
Rocío Galán

Una familia de árbitros

El padre es Marcos Antonio Vega, de 51 años. El hijo mayor Marcos Marcelo Vega, de 28. Y el menor es Cristian Martín Vega, de 19. Los tres, además de ser familia, tienen algo más en común, el hecho de ser árbitros.
Marcos (padre), era jugador de fútbol. Llegó a integrar los clubes Villa Diego y Paladini. A los 33 años, se dio cuenta de que no podía continuar jugando pero que de alguna manera necesitaba seguir ligado al deporte. Es por eso que optó por inscribirse en la Asociación Rosarina de Fútbol para formarse como árbitro. A partir de allí empezó dirigiendo en los torneos infantiles. De hecho dirigió en L.I.F.A. Luego, pasó a ser asistente, hasta llegar a dirigir solo un partido como arbitro principal. En la actualidad, trabaja como operario del frigorífico Swift y se dedica a entrenar los martes y jueves en el aspecto físico, saliendo a correr con su hijo menor y su preparador.
Cristian es el menor y se inició desde los 16 en el arbitraje, asistiendo a los cursos. Si bien dirige en la liga sanpedrina, sostiene que su objetivo no es el del arbitraje, sino el periodismo. Ahora está cursando sexto año de la escuela técnica y luego piensa estudiar dicha carrera. Desde hace un tiempo, trabaja en dos radios y, en una de ellas, comenta partidos de básquet.
Marcos, el hermano mayor, es quien más lejos ha llegado en el rubro y el que más aspira. También siguió los pasos de su padre como jugador, ya que pasó por varios clubes como General Paz, Argentinos, Belgrano, Coronel Aguirre y Central Córdoba. A los 19 años fue que eligió iniciarse en mundo de los referís. En diciembre de 2009, se recibió de árbitro nacional, por lo que tiene posibilidades de ir escalando de categoría hasta llegar a la que todos anhelan, que es la elite del fútbol nacional. En estos momentos, trabaja como custodio gubernamental, porque es policía. Mientras tanto, aguarda por una chance de ascender en el arbitraje. Ahora dirige partidos de los torneos Argentino B y C.
Los tres se desempeñan en el Colegio de Árbitros de Villa Constitución. Desde allí los envían a distintas ligas a cumplir con sus funciones. Generalmente, lo hacen en la Liga de San Pedro. Pero también trabajan en partidos particulares como torneos de veteranos o amistosos infantiles.
Para finalizar, no quisieron dejar de mostrar su agradecimiento hacia Clara, mamá y esposa que siempre los apoya y aguanta aunque se queda sola durante los fines de semana mientras ellos se van a dirigir a los pueblos de alrededor.
Tres hombres, tres árbitros, una gran familia.
Rocío Galán